viernes, 28 de agosto de 2009
La calle
sábado, 22 de agosto de 2009
Prejuicio
Susana Fuentealva camina con paso apresurado por la vereda. Sus piernas, cubiertas por medias blancas, agitan un vestido pasado de moda. Sus pasos, marcando un ritmo seco sobre las baldosas, un juez pidiendo silencio, pasan por ligustrinas y cercos de madera. Oculta una mano en el bolsillo y con el pulgar de la otra, en un gesto de falso coqueteo, sostiene una vulgar cartera de cuero negro sobre su hombro. Mas arriba, una bufanda violeta cubre un gesto de desagrado y sobre esta asoman dos ojos lechosos, de un celeste ligeramente artificial.
Susana camina apurada, cualquier observador desprevenido creería ver una mujer mayor con miedo a ser asaltada. La verdad es que la mano derecha, en su bolsillo, está empapada en sangre. Es por esto que no puede secar una pequeña gota de sudor que en ese momento se desliza por su sien. La mujer camina, casi corre, huyendo. Llega a una puerta de madera y allí deja deslizar la cartera por su brazo hasta sostenerla entre este y el antebrazo. Luego de secarse la frente, empuja la puerta e ingresa en un caserón frío.
El interior está oscuro, las persianas cerradas. Susana cierra la puerta con el hombro derecho, dejando el cuarto en total silencio. Eufórica, se dirige al baño y lava sus manos. El vestido es un desastre. Ahora caen unos hilos de sangre por el bolsillo. Se cambia en su cuarto. Deja la bufanda y su bolso sobre una silla, comprobando que estén limpios. De vuelta en el baño vuelve a limpiar sus manos y utiliza el pintalabios. Esa noche tendrá visitas, tiene muchas cosas que preparar. Vuelve a sentirse eufórica.
En el living, ahora iluminado, Susana toma té con sus amigas. Por supuesto, el tema de la noche había sido el asesinato del niño de los Juncal. Susana se sorprende al preguntarse quien podría haber hecho algo así. Luego ríe. Irma tiene sus sospechas.
-El jardinero es un degenerado. Si hubieran visto como me miraba.
Deja escapar como con distracción. El resto sonríe. Excepto Susana. Es tan bruta, piensa, el jardinero interesándose en una gorda floja como Irma.
-Bicho, escuchá esto.
El marido de Andrea se acerca apesadumbradamente, con un vaso de vino. Bicho, sustantivo más que adecuado, considera Susana mientras rasca su ceja.
-Ayer lo vi hablando con el nene de los Juncal– Se detiene en una pausa misteriosa– Cuando me vio, se alejó haciéndose el distraído. Y después me lanzó una mirada repulsiva.
Alberto lleva su índice al labio inferior en actitud meditabunda. Un gesto tan característico de él, sobretodo cuando toma de más el muy borracho. Susana ríe con una pequeña carcajada. El clima se distiende levemente. Los otros hombres estallan en risas junto a la ventana ante algún comentario obsceno de uno de ellos.
-Voy a investigar. Se llama Hugo– dice, y luego observa pensativo a la ventana- Ya es sospechoso de un robo. Pero nunca pasó nada.
Todas asienten, si nunca pasó nada debe ser culpable. Susana traga una galleta e Irma pone los ojos en blanco. Ya está cansada de la ineficiencia de la policía.
-No sé que esperan, todos sabemos que fue él. ¿Por qué no lo van a buscar? Si todos sabemos… ¿Qué esperan? ¿Que le haga algo a otra criatura?
-No sirve de nada, nosotros los atrapamos y un juez lo libera. Necesitamos pruebas.
-¡Pero si sabemos que fue él! ¿Me estás diciendo que tenemos que quedarnos tranquilos sabiendo que ese pervertido está suelto?
Andrea, siempre tratando de ser el centro de atención, se levanta y va a buscar una hoja. Vuelve revolviendo su cartera.
-Levantemos firmas.
Susana se congela con su taza en la mano. El resto mira a Irma asintiendo. Nadie quiere ser cómplice de un pervertido. Y además es una firma, nada más.
Cada uno tiene un estilo para firmar. Algunos le dan mucha importancia al asunto y firman indignados o indagan exhaustivamente el tema. Otros se dan mucha importancia a si mismo, y firman con gravedad, o como si su firma fuera esencial y estuvieran haciéndole un favor a alguien. Pero la verdad es que la firma de nadie es esencial, y no hay nadie a quien hacerle un favor. Luego de unas semanas ya pocos recuerdan haber firmado. Andrea ya no puede dar con el sentimiento que la llevó a iniciar la colecta de firmas. Pero ahora está convencida de que muchas personas del barrio sentían lo mismo que ella.
Indignación, impotencia y pena, esas eran la sensaciones que Andrea sentía unas semanas atrás. Pero ahora la pena se había transformado en rabia. Otra vez están todas las señoras reunidas en la sala de estar de Susana Fuentealva.
-Me parece terrible que la policía sea tan incompetente. Me parece terrible que tengamos que ocuparnos nosotros del asunto.
Irma baja el pocillo.
-¿Qué asunto?
Andrea la mira unos segundos como si Irma acabase de descender de la nave nodriza.
-¡El degenerado!
-Ah, si. Hugo – Irma se sumerge en el té.
-Al menos ahora se va a mantener alejado de nuestros hijos. Ya está todo el barrio prevenido.
-Si bueno, pero todavía puede irse a otros barrios. ¿No?
Sin necesidad de pensarlo, Andrea tiene la solución. Esa noche discuten emocionadas de poner carteles en barrios vecinos, de hablar en la radio, incluso en la televisión. Todas tienen su papel fundamental, cada una es pieza central en el asunto. Como es de esperar, ninguna hará nada. Excepto Andrea, por supuesto. Susana se deja caer en el sillón. Se alegra de haber lavado a tiempo su viejo vestido. Sus amigas son muy respetables, pero a veces se dejan impresionar fácilmente. Una mujer apurada, una gota de sudor, una mano ensangrentada… todo eso y la coincidencia de un niño muerto. No importa lo que sucedió aquella tarde, lo importante es que todos esos elementos podrían dar lugar a confusión. La palabra “confusión” la hace sentir descompuesta por unos instantes. Sus amigas son muy razonables, es verdad, pero sobre todo son prejuiciosas. La mayoría de la gente es prejuiciosa.