Sebastián apura el paso entre la gente. Con un pequeño salto evade el charco formado a la orilla del cordón y cae sobre una línea de la senda peatonal. Trota con la campera sobre su cabeza, que enmarca su panorama como en un túnel violeta oscuro. Al final del túnel, en la otra vereda, la gente aguarda absorta en sus preocupaciones. Una niña mira los autos a su izquierda, aguardando. Sebastián se detiene, el túnel gira a su izquierda. Con un relámpago la lluvia se calma, sin detenerse.
La campera desciende, y Sebastián abandona el túnel. En la periferia las luces de neon, los carteles naranja y verde, el relampagueo violeta y azul. Mas abajo, sobre la vereda. el alumbrado público se extiende hacia el horizonte y se confunde con las luces de los negocios. Todo se repite sobre el asfalto mojado, un espejo gris, cansado, símil del cielo. Todo se refleja sobre este espejo de feria. Y en el aire, deslizándose, pequeñas esquirlas de agua que caen, y reflejan los colores del hombre en la ciudad. Cada gota una pequeña copia de las luces, formando un deslumbrante calidoscopio alrededor del cual gira toda la calle, danzando alrededor de una bala.
Un proyectil azul metalizado que se abre paso entre la lluvia, haciendo a un lado las gotas que quedan en su camino. Formando una estela de agua que corta el asfalto a la mitad. Sobre una alfombra blanca se abalanza implacable hacia Sebastián. La ciudad se desliza sobre seda azul, y el rojo de coca-cola repta lentamente hacia un parabrisas y cubre los ojos de un espectador asombrado. En otro plano, sobre el mismo azul, sobre el rojo de coca-cola, un circulo verde. Y el asfalto dividido, derecha e izquierda. La campera termina su descenso, tocando el suelo. Sebastián elige.
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