Bariloche no tiene esquinas,
sus cuadras redondas.
Y la gente camina y sonríe contenta con una sonrisa simple.
El hombre respira hondo.
Bariloche es una hilacha, rebozando,
lenguas extrañas
y mitos europeos y expectativas extranjeras.
El verde invade impune intrometido.
Bariloche canta, fantasiosa,
las calles se llenan de chocolate,
los techos se adornan con tejas,
las fechas pierden sus nombres
se incendian los viejos hogares
la codicia la soberbia
y se vacía.
Y luego la calle despierta.
Y la miseria se verte calle abajo
o un cadáver tirado en la calle,
o una mirada se clava
o unas señoras
en una esquina oscura.
Y luego, la basura de la ciudad.
Pero todos los ojos se cierran y la ciudad se dice pueblo.
Y Bariloche todo
se camufla.
La Plata es gris,
y nebulosa
la gente recorre el álgebra en sus calles.
La gente anónima,
perdida,
solitaria.
A los que llegan y a los que mueren.
La Plata es un pensamiento extendido sobre el campo.
Pura, platónica, cruel.
La naturaleza
humillada
en una procesión arbórea,
en un libro de botánica.
Pero en algunos lugares
se quiebra la cáscara
acá allá,
despierta a borbotones despierta en las plazas
los domingos, los feriados o en el calor paralizante despierta.
Y el día hierve y descansa,
y la gente se conoce
y se saluda.
Áureo, fluye viscoso el día.
Hipnótico. Eterno. Líquido.
Los cuerpos ronronean
los niños se mecen.
Y a la noche las familias pasean eufóricas,
descansan en las vidrieras
por la noche uterina navega el hombre,
el cielo
y el sextante.
La calle es sexo,
y las ventanas alejadas susurran.
Y las esquinas se exhiben obscenas,
adolescentes.
Hasta que el asfalto se enfría,
y la noche se hace niebla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario