lunes, 30 de noviembre de 2009

Dos colores

Bariloche no tiene esquinas,
     sus cuadras redondas.
Y la gente camina y sonríe      contenta con una sonrisa         simple.
            El hombre respira hondo.

Bariloche es una hilacha, rebozando,
lenguas extrañas
y mitos europeos y expectativas extranjeras.
El verde invade           impune            intrometido.

Bariloche canta, fantasiosa,
las calles se llenan de chocolate,
            los techos se adornan con tejas,
                        las fechas pierden sus nombres
            se incendian los viejos hogares
la codicia la soberbia
y se vacía.

Y luego la calle despierta.
            Y la miseria se verte calle abajo
            o un cadáver tirado en la calle,
            o una mirada se clava
o unas señoras
en una esquina oscura.
Y luego, la basura de la ciudad.

Pero todos los ojos se cierran y la ciudad se dice pueblo.
Y Bariloche todo
se camufla.

La Plata es gris,          
       y nebulosa
            la gente recorre el álgebra en sus calles.
La gente anónima,
perdida,
     solitaria.
A los que llegan y a los que mueren.

La Plata es un pensamiento extendido sobre el campo.
Pura, platónica, cruel.

La naturaleza
       humillada
en una procesión arbórea,
en un libro de botánica.

Pero en algunos lugares 
se quiebra la cáscara
acá                                                                   allá, 
                          despierta a borbotones despierta en las plazas
                      los domingos, los feriados o en el calor paralizante despierta.
              Y el día hierve y descansa,
         y la gente se conoce
y se saluda.
Áureo, fluye viscoso el día.
Hipnótico. Eterno. Líquido.
   Los cuerpos ronronean
       los niños se mecen.

              Y a la noche las familias pasean eufóricas,
                    descansan en las vidrieras
                        por la noche uterina navega el hombre,
                                       el cielo
y el sextante.   
               La calle es sexo,
  y las ventanas alejadas susurran.
                                Y las esquinas se exhiben obscenas,
                                                                     adolescentes.
Hasta que el asfalto se enfría,
y la noche se hace niebla.


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